Me paso la vida acordándome de cosas, queriendo escribirlas para nunca olvidarlas y justo cuando me quiero sentar a escribirlas, ¡Pum! me sale chamba. Y no es que el trabajo sea un yugo ni nada similar; al contrario, ha sido algo muy bonito en muchos sentidos, pues gracias a lo de la traducción fue que me volví a encontrar (por tercera o cuarta vez en la vida) con Japimeripous.
Lo que pasa con la Japimeripous es que por momentos convergemos mucho y por momentos divergemos a más no poder y hasta nos dejamos de querer. Es como si a un imán se le cambiaran los polos así de pronto. Pero pues ya ni nos preocupa, sabemos que es el ciclo normal de nuestra amistad. Ella sabe que la quiero y yo sé que me quiere y ya.
Haciendo cuentas, a Japimeripous la conozco desde hace más de 10 años. Eso debe querer decir algo en cuestión de nuestra intermitente amistad, supongo.
En algún momento de nuestras vidas, nos unieron los amores por un par de hombres ingratos que... bueno, la verdad es que su Jesus Jones era todo lo contrario a ingrato, no así como el muerto pérfido, que me traía como la negrita de la canción "Negrita de mis pesares, ojos de papel volando, a todos diles que sí, pero no les digas cuándo. Así me dijiste a mí, por eso vivo penando" porque un día me quería y al siguiente ya no. En algún momento de esa crónica amorosa, a Japimeripous se le ocurrió que la cura a nuestros males era tomarnos un litro de mezcal de Oaxaca de a dedalito. Ñoñamente, fuimos muy propias unos 10 dedalitos, con lo que le bajamos como un tercio a la botella, asunto que nos desesperó por falta de efecto alcoholizador: mucho mezcal de Oaxaca y tal y tal, pero nomás no ponía, así que ya de plano, nos aventamos a darle de traguitos a pico de botella.
Japimeripous y yo siempre hemos sido personas muy musicales y aunque estuviéramos sin hacer gran cosa, cuando nos veíamos no podían faltar las Löwenbräu, los Churrumais (en caldo de limón), las papas adobadas con media botella de salsa Valentina y la música.
Me acuerdo de los Kings of Convenience, de Peter Murphy, de Pulp, nuestra época Ska, Lou Reed, David Bowie... un día dijimos que llevaríamos serenata con grabadora hasta donde estaban los interfectos. Nunca lo hicimos y tal vez debimos haberlo hecho sólo para ver sus caras y probarnos o demostrarnos de una vez por todas si nos querían o no; y también si nosotros los queríamos, porque, como lo comprobamos años más tarde, las cosas no salieron como ninguno de los 4 lo esperaba y tuvimos que esperar a descubirlo de formas dolorosísimas.
¿Nadie tiene una grabadora de las que usan pilas gordas que sirva todavía y ya no quiera? Lo más probable es que si lo hacemos ahora, dejemos la grabadora y salgamos corriendo demasiado avergonzadas como para siquiera admitir que teníamos ganas de hacerlo.
viernes, 17 de agosto de 2012
Crónica del Punk Chimecorero Nezayorkino
Aunque el Radio ya no sea mi cuate, jamás se me van a olvidar las historias que me contaba. No porque yo fuera muy fresa y lo juzgara por güey, sino porque las contaba de una manera tan divertida, que no podías evitar reírte, así te estuviera contando lo más triste del mundo.
Sus mejores historias siempre serán las del "Iti" (favor de no reírse del apodo versión nezayorkina de E.T.), el más extremo de los punks caóticos chimecoreros y bla bla blá. Como esa vez en que presentaron un libro entre el Radio y no sé cuántos güeyes más en un auditorio de la UAM, si no mal recuerdo. Toda la banda se bañó y eso ya era mucho decir, porque creo que se bañaban allá cada que llovía en Chimalhuacán. El Iti, para variar, ni bañado ni bien vestido ni nada por el estilo, sino siempre con su perro muerto colgado al hombro (una chamarra de esas de borrega a la que la mezclilla había abandonado hacía mucho tiempo y que jamás había conocido el olor del jabón ni sentido el delicado toque del agua, excepto por la lluvia ácida que allá de vez en cuando le tocaba presenciar). Y pues nada, que todos bien chingones hasta habían preparado su discurso más mamón y pues allá iban en banda a la presentación del libro.
Tods bien nerviosos cuando el auditorio empezó a llenarse de gente. Repasaban una y otra vez sus discursos, revisaban que todo estuviera en el lugar que debía, iban al baño a tirar el miedo y todo el protocolo pre-presentación, mientras el Iti estaba sentadote en una esquina, viéndolos, atacado de risa, porque él bien tranquilo.
Todo mundo tomó su lugar en la mesa de honor, menos el Iti. Los presentaron a todos y cada uno y comenzaron las lecturas de lo preparado. El Radio era el último en hablar. En ese momento no podía pensar en nada más, excepto las caras de las chicas que estaban en la primera fila secreteándose y riendo nerviosas. ¿Se estaban riendo de ellos? Pero si ni siquiera estaban poniendo atención a lo que decían. ¿Qué tanto veían y señalaban?
Al final, el Radio consideró todo un fracaso la presentación: nadie había puesto atención, nadie se había quedado callado. Todo el tiempo había habido un rumor, sobre todo en las filas del frente. El Radio terminó su presentación y decidió bajar a los asientos de enfrente a ver qué tanto veía la gente que no les estaba prestando atención. Pinche Iti. Se había llevado su peor pantalón. Uno roto de la entrepierna.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
