domingo, 6 de noviembre de 2011

Días de Muertos

A mi abuelo Gush, tratando de rescribírtelo 12 años después.

Aún recuerdo cuando mamá me contaba de los viajes que hacía con sus hermanas y los abuelos. Decía que siempre llegaba el abuelo de trabajar el 30 de octubre y cansado y todo, sólo les gritaba: ¡Agarren un suéter y súbanse al coche! A veces ni suéter daba tiempo de buscar. Y allá iban los seis: la abuela, el abuelo y las cuatro hermanas en el asiento trasero jugando a ver qué forma le veían a las nubes.

Cuando mi primo y yo tuvimos suficiente edad como para separarnos de nuestras madres sin problemas, el abuelo comenzó a hacer lo mismo con nosotros. Llegaba el 30 de octubre y se oía: ¡Agarren un suéter y súbanse al coche! Como cuando mi mamá y mis tías eran niñas. Así conocimos pueblitos escondidos y sus tradiciones de días de muertos. Así recorrimos no sé cuántos kilómetros, siguiendo solamente el olor del zempazúchil y el copal. Así leímos no sé cuántas páginas de detalles, así probamos no sé cuántos platillos distintos y todo por el abuelo.

El abuelo era algo mágico. Cuando se nos llegaba a ponchar una llanta, nos dejaba a la abuela, a mi primo y a mí con los seguros puestos, nos prohibía bajar y se iba caminando hasta perderse en el horizonte. Nunca pasaban más de 20 minutos cuando lo veíamos volver acompañado de un hombre en bicicleta, que para mí, siempre era el mismo. Como buen ingeniero, mi abuelo era incapaz de cambiar la llanta con sus propias manos, pero era buenísimo para dirigir: ‘Pon el gato aquí’, ‘Súbelo allá’, ‘Aflójale aquí’, ‘Quítale el tornillo acá’. El hombre obedecía punto por punto y se iba al terminar con 10 pesotes en la bolsa.

Mis recuerdos de aquellos viajes son tan vastos que se confunden entre sí. Recuerdo el lago de Pátzcuaro lleno de pequeñas lucecitas flotando en sus aguas, papeles picados de mil colores volando con el viento por todos lados, esqueletos y calacas bailando a ritmo de sones y jaranas, canciones perdidas en el viento, flores rojas, amarillas y blancas, jarros de barro, panteones llenos de color y movimiento, tumbas recién limpias y otras abandonadas, arcos de mandarinas, pan de muerto con ajonjolí o con azúcar, el redoblar de las campanas, pulque y curados, cañas, guayabas y el sabor de la calabaza en tacha. Nunca faltó quien nos invitara un plato de comida, esos días era lo que sobraba.

Cuántas historias nos contaba el abuelo. Cuántas canciones no nos enseñó.

Los viajes se fueron haciendo cada año más cortos y cercanos a la casa. El abuelo se cansaba, aunque en estos días siempre se le notaba un raro fulgor en los ojos. Pronto mi primo aprendió a manejar, pero los abuelos ya no querían ir tan lejos.

Al abuelo le gustaba robarse las mandarinas de las ofrendas. Decía que si pelabas una mandarina en espiral sin que se rompiera la cáscara, encontrarías a tu príncipe azul (o princesa, para mi primo). En realidad le gustaba que las peláramos así para colocar la cáscara de vuelta en la ofrenda y que nadie notara el hurto. Al pan de muerto lo levantaba, le hacía un boquete por abajo y le sacaba el migajón, dejando sólo la corteza. Nunca he conocido a nadie que pueda pelar las naranjas o las mandarinas de la forma en que él lo hacía, ni que se coma sólo el migajón del pan de muerto; todo mundo quiere los huesitos y el azúcar. Qué vergüenza si alguien lo hubiera descubierto, aunque dudo que nadie lo haya visto hacerlo jamás.

Un buen día, dejamos de salir. El abuelo ya no quiso ir a ningún otro lugar. La abuela intentó animarlo a ir aunque fuera a ver las ofrendas al Zócalo, pero el abuelo argumentó que tanta gente lo mareaba y se negó. Ese año, la abuela comenzó a poner la ofrenda de la casa antes de tiempo, con la esperanza de que al abuelo le dieran ganas de salir al verla, sin éxito. Al levantarla, tremendo coraje que hizo al ver que todas y cada una de las mandarinas de la ofrenda habían sido peladas en espiral y los panes vaciados desde abajo.

El abuelo murió el año siguiente, un día lluvioso de verano. Se fue rápido, como siempre lo había querido y sólo nos dejó los viajes de todos esos años, las risas y las enseñanzas.

Para otoño, la abuela estaba tan deprimida que puso la ofrenda de muy mala gana. Para animarla un poco, mi primo y yo decidimos llevarla el 2 de noviembre aunque fuera cerca de la casa a ver ofrendas para que se distrajera un rato. La abuela accedió. Cerramos con llave la casa y nos fuimos todo el día.

De regreso a la casa, al abrir la puerta, los tres sentimos un fuerte olor a mandarinas. Nada fuera de lo normal para esta época, sin embargo, cuando la abuela revisó la ofrenda, descubrimos que todas las mandarinas habían sido peladas en espiral, dejando en su lugar la cáscara, completita. Levantamos los panes de muerto y también habían sido vaciados todos, haciéndoles un boquete por abajo. La foto del abuelo, sonriente, yacía en el piso junto a la ofrenda.

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